El Legado y El Club de las Serpientes
Había en los límites de esa calle que transportaba al Cafetín London un parque. Una persona pasó por ese parque y se internó en los limites hasta pasarlos y llegar al Cafetín. Una vez en el café recorrió todo lugar hasta llegar a la puerta de salida dónde había una calle enorme donde caminaban todos los habitantes de ese extraño y singular mundo. Frente a el Cafetín habían numerosas tiendas y puestos de mercado donde se vendían artefactos mágicos y de cacería también.
Frente a uno de estos puestos donde se vendían baratijas mágicas se encontró con uno de sus amigos. Era un tipo alto y de cabello castaño acompañado de una mujer un poco mas baja que el y de cabello negro con fleco cubriéndole la frente. Los dos iban vestidos de manera atemorizante, con armaduras, escudos y ballestas cargadas con flechas. Se colocó a espaldas de ellos y se quitó la ropa normal que usaba para transitar en las calles de la gente normal y pasar desapercibida. Se puso entonces su ropa de combate. Tenía el pecho vendado y se puso una camisa y un chaleco liviano de oro mágico que le impedía que le dispararan. Se cubrió con una capa y se puso unos pantalones ligeros que acompañó con unas gruesas botas de cuero que le llegaban hasta la rodillas. Cubrió sus manos con unos guantes que le llegaban hasta los codos. Y por último pasó el arco con flechas por su espalda y se terminó por colocar una espada a la derecha de su cintura. Su vestidura contaba con joyas en el pecho, que no eran otra cosa mas que piedras mágicas que la protegían de los ataques de sus enemigos.
Tenía el cabello rojo, corto con cabellos que salían a los lados y una cara delgada en forma de corazón. Ojos cafés y labios perfectos con forma de puchero de bebé. Era muy delgada y se hacía pasar por hombre. Cuando era joven había querido permanecer en esa dimensión pero descubrió que la única manera de poder quedarse y estudiar ahí era haciéndose pasar por hombre. Así que desde temprana edad se cubrió el pecho con vendas y ayudándose de su aspecto angelical y asexuado pudo hacerse paso con los monjes de el lugar. Lo que le permitió tener un vasto conocimiento espiritual. Esto era algo que le beneficiaba y con lo que había podido sobrevivir como hombre, pese a que era mujer.
A cierta edad ya había logrado cierta posición entre los hombres y había contado con la instrucción de esgrima perfeccionando sus habilidades como espadachín. En la adolescencia pudo instalarse con los caballeros de la Reina y ocupar un puesto como cazadora de demonios.
A el grupo de caballeros y exterminadores le llamaron como El Club de las Serpientes. Y se reunían con regularidad en el café para platicar sobre qué habían exterminado o a que nueva misión los habían encomendado.
-Sue- Así se llamaba la pelirroja – Sue, ¡qué felicidad encontrarte aquí!-
La muchacha de cabello castaño sonrió y la abrazó. El otro castaño se encogió de hombros y también la abrazó apretándola fuertemente.
Sue se apartó de ellos y los miró extrañada. Pero con una sonrisa vaga, lo que secundó en un gesto amistoso.
-En realidad no he tenido mucho éxito- Suspiró - Ya fueron por ella y no tengo idea en qué tiempo o dimensión se encuentre-
-Lo que significa que no tendremos mucho éxito nosotros tampoco sin esa gema- respondió el apaciguado castaño.
-¡Así es!- exclamó una desanimada Sue que limpiaba el polvo de sus botas.
-¡Qué mierda! Siempre se me ensucian los zapatos en este lugar. Uno camina por esos lares Eliseos con suma facilidad y nada se ensucia y en cambio aquí ¡mierda por todas partes! Si no fuera por mi aburrimiento habitual en el sitio de la gente normal no me expondría a todo este lodo... A todo esto ¿lograron algo? No estuve mucho tiempo fuera...-
-En realidad no mucho. Una que otra aparición y nadamás. ¡Ah y el hecho de que ahora tenemos nefilims...!-
-Mira nadamás lo que se les ha ocurrido. ¡Menuda mierda! Y lo peor de todo es que no voy a recibir nada extra de la reina...-
-Ni yo...- Suspiró el muchacho.
-¡Qué vergüenza de cazadores son! ¿Y las recompensas espirituales por no hablar de las morales?-
Los dos se encogieron de hombros y la miraron con astucia.
-No es que no me preocupe la seguridad de nuestros habitantes... Es solo que yo me esperaba disfrutando de un banquete que no tendré esta noche. ¡No puedes culpar a mi mal humor!-
-¡Ni al mío!-
La muchacha le dio un coscorrón en la cabeza al muchacho.
-¡Hey Tomoe, cuidado! ¡¿Qué pasó?!- exclamó el.
-Nada- dijo Tomoe -… es solo que me irrita su manera de ver las cosas. Eso es todo.-
-Se me había olvidado de tu condición ética ante todo lo que hacemos...-
-¡Ni hablar de mí! Siempre la hago enojar- dijo Sue – Excepto cuando tengo gestos generosos con otras personas.-
-Y eso pasa tan a menudo...-
-¡Hey! No puedes dudar de mi condición moral dada la limpieza de mi archivo de conducta personal...-
-¡No tienen remedio!- Tomoe sacó una de sus flechas y disparó hacia un puesto de la calle que se encontraba frente a ellos. Un hombrecillo muy bajo se escurrió por los puestos hasta detenerse a causa de la herida y arrastrarse por los suelos.
Se colocó nuevamente la ballesta en la espalda y bebió un sorbo de agua de su cantinflora.
Sue terminó de desempolvarse las botas y se encaminaron hasta el Cafetín London que estaba atiborrado de gente.
-Con suerte venderían licor en este lugar...-
-No olvides que este lugar es un punto de encuentro amistoso. El alcohol en un mal estado no haría otra cosa que mal influenciar a los viajantes e inducirlos en alguna trifulca...-
-¡Ah, es verdad! Se me habían olvidado los efectos obvios de el alcohol...-
-Hoy no amaneciste muy brillante Ovidio-
-¡Cálmate pequeño duendecillo!-
-¡Un chiste mas sobre mi estatura...!- Y Sue desenfundó su espada.
-Veo que el vivir con monjes no te dotó de su espíritu de convivencia-
-Tal vez no... Pero sí me dotó de unas terribles ganas de darte tu merecido-
-¿Y porqué habrías de darme mi merecido?-
-Por lengua larga...-
-¡Mira cómo tiemblo duendecillo!- exclamó riendo.
-¡Cerdo infeliz!- Y Sue iba a asestarle un golpe cuando Tomoe se puso en medio.
-¡Calma, calma víboras! Mañana en la noche partiremos y olvidaremos todo sus inútiles discusiones. Creo que lo mejor sería hospedarnos en alguna posada.
Sue volvió a enfundar su espada y miró con agresividad a Ovidio.
-Tuviste suerte de que Tomoe todavía te defienda-
-No te tengo miedo duende, ¡puedes vociferar todo lo que quieras!-
Sue le escupió en el rostro. Ovidio grito y se limpió con un pañuelo que había en la mesa.
-¡Maldita perra!-
-Veo que tienes tantos modales al hablar como los que tienes para comportarte en el café-
-No se te olvide que fuiste tú quién me llamó cerdo y me amenazaste enfrente de todos- dijo Ovidio mientras terminaba de limpiar su cara.
Tomoe golpeó la mesa.
-¡Dejen de llamar la atención! ¡Hay gente aquí que viene a reunirse y no a pelearse!-
Sue colocó con temeridad su pierna derecha sobre su muslo izquierdo y se sentó sobre una silla frente a la mesa con el estómago relajado.
-¡Bien, bien! Puedes decir que ya me tranquilicé... Ahora sí, ¿de qué hablabamos antes de que el idiota de Ovidio me llamara duende?-
-No voy a responder a tus insultos. No olvides que no me importa que seas niña o lo que sea que seas ahora-
-No lo he olvidado...- Sue tomó un cigarro y lo encendió.
Tomoe le arrebató el cigarro y lo tiró al suelo donde lo piso hasta extinguir su llama.
-¡Te dije que dejaras ese vicio!-
-Deja de comportarte como mi madre...-
-Alguien tiene que ser la voz de la razón en este lugar desprovisto de cordura-
Ovidio la miró incrédulo hasta calmarse y adoptar una mirada menos amenazadora. Sue seguía inmutable en su asiento. Parecía algo molesta pero menos de lo que estaba cuando le había escupido a Ovidio. No pudo evitar una postura infantil.
Ovidio abrió su cartera donde tenía una notable cantidad de billetes de los cuales sacó algunos y les avisó que sería el quien pagaría la cuenta.
-Yo pago-
-Ni te molestes, mecenas. Ya cuento con el suministro de la Reina-
Y desdobló unos billetes que tenía dentro de un fajo de billetes unidos por una liga.
Tomoe no dijo nada.
Ovidio rió.
- Algunas cosas nunca cambiarán. Sue siempre con su determinada obstinación y Tomoe aceptando felizmente que sea yo quien pague la cuenta-
Ovidio colocó los billetes en la caja y Sue después de el. Pero Ovidio tomó su dinero y se lo regresó.
-No tengo ninguna molestia en que actúes como un caballero...- exclamó Tomoe
-...muy de vez en cuando- bostezó Sue.
Sue escuchó de pronto un sonido que provenía de afuera. Se paró de su asiento y caminó hacia la salida de el Cafetín London dónde se asomó y ante su vista apareció una nave gigante que emanaba el sonido estridente de sus tuercas.
La parte de debajo de la máquina voladora de un barco que flotaba por los cielos.
-¡Wow, que maravilla!- Exclamaban todos los que se encontraban en la calle y varios de los que encontraban dentro de el café y que habían corrido como Sue a asomarse por la ventana o por la puerta.
En la capota de la nave se encontraba un joven de mediana estatura rubio y con el cabello largo hasta la cintura. Éste caballero estaba considerablemente mejor ataviado que Ovidio y con un aspecto menos rudo. El joven rubio conservó una expresión de serenidad inmutable en su rostro. No parecía que el movimiento de la máquina interfiriera con su postura. El joven sintió una mirada, proveniente de Sue y alcanzó a mirarla fríamente desde su lugar. Sue le respondió con una sonrisa, que descompuso después al no saber que hacer frente a ese caballero.
El joven volvió a poner sus ojos en su sitio de antes. Sue entonces se sonrojó por un instante sin comprender porqué.
-¿Es impresionante, verdad?-
-Sí...- Respondió una petrificada Sue.
-La nave viene de otro mundo, probablemente fue enviada por la Reina. Ahí es donde iremos mañana-
-¿Qué?- Respondió una desconcertada Sue. - A qué te refieres con que iremos mañana? Pensé que solamente nos habían encomendado una misión.-
-Se me ol olvidado decirte que nos pidieron que escoltáramos a la Reina. Pero antes debemos vivir en compañía de Demetrio. El joven Lancelot que estaba sobre la nave-
-¿Vivir? ¿Para qué?-
-Creo que ellos consideran que no tenemos la suficiente destreza para proteger a la Reina-
-Vaya, vaya...-
-Así es. Quieren que nos adiestremos con ayuda de ese caballero-
-Dicen qué es el mejor...- Interrumpíó Tomoe -…no solo con la espada. Si sabes a lo que me refiero-
-¿Eh?- Sue parecía no terminar de sorprenderse.
-Que es bastante atractivo... Y ya hay varias anécdotas de sus conquistas- Dijo mientras miraba a Sue quién se encontraba todavía embobada ante la vista de la nave.
-¿Si...? No sabía que eso fuera posible entre nosotros-
Ovidio rompió en risa.
-Si yo les contara... Pero no he olvidado que son niñas y no quiero ofenderlas- Ovidio arqueó una ceja.
Sue lo miró indiferente.
-¡Niñas que pueden patearte el trasero!-
Ovidio se encendió e iba a tomar una flecha cuando Tomoe volvió a meterse entre ellos.
-¡Les dije que se calmaran!-
Ovidio se colocó a un costado de la mesa y exclamó algo molesto.
-A mi no me impresiona ese playboy. Lo único que me interesa es el dinero que recibiremos por escoltar a la Reina. ¡Su adiestramiento me interesa un comino! ¡Se me va por el Arco de el Triunfo...!- Y sonrió mostrando sus dientes caninos.
-Pues entonces dejen de pelear y vayámonos a dormir- dijo una Tomoe muy tranquila que sorbía un poco de té.
Sue los miró con indecisión y se apoyó en la ventana de el café mientras miraba la nave que flotaba por el cielo.
-¡Ah...! ¿No es tan importante el adiestramiento, verdad?- Y no pudo evitar suspirar.