martes, 18 de octubre de 2016

Moloch editado

MOLOCH Y OTRAS HISTORIAS FANTÁSTICAS 
  
¿Qué esfinge de cemento y aluminio abrió sus cráneos y devoró sus cerebros y su imaginación? ¡Moloch! ¡Soledad! ¡Inmundicia! ¡Ceniceros y dólares inalcanzables! ¡Niños gritando bajo las escaleras! 
Allen Ginsberg 
 ¡Qué mounstro implacable es esto que llamamos arte!  ¡Qué Divinidad cruel y tiránica! ¡Qué terrible! ¡Qué feroz Moloch! 
El fantasma engañoso del arte nos coge al nacer a la vida de la actividad y solo nos suelta al borde de la fosa ultima. Y durante su incesante dominio, rige, gobierna, conduce, nos empuja o nos detiene, nos hace hablar o nos amordaza, según los giros caprichosos de su voluntad.  
Enrique Jardiel Poncela 
 El suceso 
I 
Son las siete de la mañana. El reloj que le habían obsequiado algunos parientes lejanos ha marcado la hora mientras las campanas de la Iglesia retumban chirriantes sus ecos. Ha amanecido y el espectro que permanecía en su habitación se ha desvanecido por completo, dejando ahora un conjunto de luces y sombras que juegan en el alféizar de su ventana donde se coloca con singular gracia su gato. 
Ese animal de pequeñas dimensiones, esa majestuosa bestia que gobierna silenciosamente, observa por la ventana el exterior, las calles ahora pobladas de personas mientras las casas a su alrededor se mantienen inmutables e imperecederas. 
Ahora todo le parece de una vacía tonalidad grisácea. El ambiente se le manifiesta monótono pese a una suave melodía que acompaña el espacio que observa y transcurre en su cabeza. Es una melodía imperceptible, sorda, que retorna en sí misma. 
Ante sus ojos se hace presente la visión de su divinidad egipcia que ronronea al compás de la música y los alrededores de su inmaculada habitación ahora iluminados por el día haciendo gala ostentosa de lo que se ha ido. 
El puede recordar los versos escritos en los libros de antaño, puede memorizar que ha leído sobre aquellos, tal cual se había escrito antes, que estos entes fantasmagóricos existen con mayor predominio en tanto mas se niegue y reniegue de ellos. 
Han transcurrido al menos dos o tres semanas desde que ha ocurrido el suceso y ha sido de tal magnitud que es como si hubiese ocurrido antes, aunque alega que lo desconoce o quizás lo olvidó. 
Pone en pie su cuerpo aletargado por el sueño y enciende su tabaco. Camina algunos pasos y se mira al espejo que delimita el contorno de sus facciones, sus oscuras cejas pobladas sobre sus dos negros ojos. 

Su mirada es de tal profundidad que penetra cual daga la fragilidad de el vidrio.  
Vuelve a mirarse en el espejo donde se asoman ahora unos femeninos ojos celestes, tristes y unos labios delgados en forma de corazón dando la expresión de algún puchero ambiguo. 
Pretende ignorar el evento ante la lucidez del día pues se ha colocado su gabardina ya dispuesto a marcharse. Ha transcurrido una hora desde el suceso y sin embargo no hay tal cosa como la certidumbre sobre el tiempo porque para él mismo es inexacto. ¿Cómo habría de ser posible definir la eternidad? - cavila - y en el transcurso de estos pensamientos incoherentes enciende otro cigarro. 
Se ha ido consumiendo eficazmente el tabaco, uno por uno se lo ha fumado con nerviosismo infantil. Enciende un último cigarrillo y medita sobre sus planteamientos pasados. No es suficiente, pero ya no hay tabaco y se hace tarde.  
Pide que se le prepare alguna bebida rápida para alcanzar a tiempo un lugar en el cafetín donde asiste cada semana con parsimoniosa fidelidad. 
Abre su puerta y se despide. 
La calle está infectada. Nuevamente es gris. Tonalidades grisáceas por todas partes. La gente camina a su alrededor y todo le parece extraño e indiferente. 
Es una cuestión de un territorio específico - se convence. En la parcialidad de una tierra distinta las calles no le estremecerían de tan aborrecibles, tan temibles como un funesto Moloch. Pero no es tarde aún y continúa su paso sobre estos lugares infectados, desagradables e inocuos. 
Llega a lo que determina su destino, camina algunas cuadras, dobla otra calle y finalmente aparece enfrente suyo un parque dotado de toda clase de plantas, especímenes revestidos de verde y blanco entre muchos otros colores apetecibles.  
Varios niños juegan, algunas señoras, madres prematuras colocan con suavidad sus tersos cuerpos sobre el pasto, mientras las demás, sentadas sobre las banquetas chismorrean sobre la cotidianeidad de la semana. 
… pues sus sonrosadas cabezas les han dotado de una serie de detalles por narrar - tararea.  
Y ya no hay terrible Moloch, el tiempo se ha transfigurado y la eternidad es un instante. 
Dos calles más - piensa - y estamos en el Cafetín London. 
A él le parecía divertido que el lugar tuviese precisamente este nombre, pues ya lo había discutido anteriormente con el espectro que le había visitado antes. Sin embargo, el motivo de su chiste no había cobrado tal importancia hasta que se lo había replanteado en los pasajes de su mente pues para él era único tema solemne y ceremonioso. 
Tan solo había mencionado Cafetín London y el espectro había roto en carcajadas pronunciando: 
¡Cafetín Londón! Menudo dandy te has vuelto. 
Ríete - recapituló su imagen en su alcoba, casi anímico y paralizado por el miedo - ríete de mí y de mis ocurrencias. 
Estos eventos, o visitas, como solía llamarles tenían mayor asiduidad conforme a sus efímeros estados de ánimo. Cuánto habría sufrido ante tales esperpentos y de entre todos, el espectro mayor, su mas recurrido visitante, gozaba gastándole bromas socarronas sobre cualquier cosa. Era terrible y así lamentaba uno de los sucesos mas mortificantes de su historia. Sin embargo, incurable optimista, se había convencido a sí mismo de que tales apariciones llegarían a cesar en algún momento oportuno, o los verdugos, el verdugo en sí, que se proclamaba su gran aliado, habría de darle la fórmula a todas aquellas cuestiones que le embargaban. 
Había abandonado ya varias veces a su suerte, a la pobre mujer con la que vivía.  
Le había pedido que se vistiese con menor austeridad y después cuando no había querido colaborar con la disposición de la casa, de sus libros, le expresó alegremente que no le vería tanto por ahí. Después ni se lo mencionó, y llegado a un punto, comenzó a ausentarse durante largos lapsos de tiempo. 
Ella no dijo nada al respecto, era joven aunque incrédula. Después de haber husmeado con recelo su ropa se encontró únicamente con una tarjeta con un fino recorte rectangular y grabadas las palabras: Cafetín London, para todo buen conocedor. A su disfrute. 
Eso era todo. No había más. 
Tomó el papel y como era su costumbre lo guardó en un cajón con llave ataviado en su superficie con un colorido mantel con moños y figurillas. No le dijo nunca nada al respecto, pero jamás lo olvidó. Se limitó a escribirle algunas oraciones con peticiones en un pizarrón que había colocado especialmente para ella. Cuando le pedía que le preparase alguna bebida no se dilataba en llevarle cuanto se le antojara y mantenía su cuarto con orden dominical. Por las noches le escuchaba hablar en susurros y dar vueltas por la habitación, un golpe seco, después nada.  
Hacía un tiempo que le veía mas delgado, ensimismado en sus pensamientos, recluso en sus ideas. 
Habría querido acercarse un poco, mirarle tiernamente a los ojos y acercar un tanto sus cuerpos. No lo hizo. En la noche había tocado su puerta para encontrar un frío anuncio: Estoy ocupado. Así había sido ya desde hacía mucho tiempo para ella, quien los sucesos que atormentaban a su compañero se mantenían en la oscuridad. Excepto por una avispada sospecha. 
Después de haber preparado el té que le había pedido por la mañana recibió una llamada de unos niños a los cuales debía cuidar en favor de una madre que había sido muy amiga suya. Aceptó el cuidado de los niños y suspiró con resignación el olvido cuando contempló la soledad de su habitación. 

El cafetín London 
II 
Ahora que se encontraba donde debía hallaba la calma. 
Su alma parecía satisfecha y su corazón retumbaba con alegría. Caminó un poco más y ya de frente al Cafetín y ahora dentro eligió la mesa mas cercana. 
En el Club London se reunían diversas celebridades, figuras históricas, extranjeros, viajantes, eruditos y cualquier otra persona que en algún despiste había transgredido los parámetros de la física y había llegado a aquella dimensión desconocida. Quizás por casualidad. Era sin duda su santuario, el lugar mas dichoso para él hasta entonces. Ahora alejado de las apariciones fantasmagóricas. 
Pues bien, un sorbo mas - se dijo - mientras abría su periódico y leía las noticias que únicamente aparecerían ahí. Muchos eventos habían transcurrido desde su última visita, pero al parecer ninguno con la valía suficiente para prestar su atención. En aquel sitio privilegiado, donde el tiempo cobraba formas distintas y confluían muchos otros tiempos observó maravillado las manecillas de su reloj.  
Quizás fuese que su artefacto obtuviese alguna habilidad a causa de su sitio. 
A su lado discutían algunos intelectuales sobre la importancia evidente de los conceptos bien estructurados y otras fanfarronerías. Esto le hacía muy feliz. 
En el Moloch aquello ni siquiera es importante, pues no cobra tal importancia como si fuese el Cafetín London - meditó - pero ya no se encontraba en el Moloch y las calles no eran grises, al menos no lo suficientemente desagradables y la niebla y los habitantes de esta desconocida región le parecían lo suficientemente agradables como la degustación de un lienzo romántico. 
¡Solamente un alma enternecida como la mía puede disfrutar semejantes parajes! - se convenció. 
Muchos de los visitantes de el Cafetín London acudían con vivacidad. Se respiraba de un ambiente tan satisfactorio que la neblina que cubría la atmósfera a pesar de la hora era como un bálsamo para el goce de su espíritu. Uno de los muchachos que se encontraba recargado sobre una mesa se aproximó hacia él.  
Era robusto, alto, de cabello claro y ojos brillantes. Tenía la mueca de alguien que se dice conocer mundo y el aspecto limpio de un adolescente. Se sentó frente suyo, estrechó su mano y comenzó a reír con una estruendosa carcajada. Ya se conocían. Le llamó por su nombre. 
Veo que has regresado - en realidad nadie puede irse poco tiempo de aquí sin volver. 
¿Verdad que es un sitio bastante agradable? Te habíamos extrañado lo suficiente para hacerte una llamada, pero dudaba que fueras tan cortés como para respondernos. O quizás, sin dudar de tu amabilidad podría ser que hubiera algún tipo de imposibilidad, de impedimento, por el cual no fueras a respondernos. 
Ah, hablas de ella. Y se manifestó la imagen lánguida de una mujer remedando los pantalones. 
, precisamente no quisimos molestar. Pensamos que si ella respondía tendrías que darle una serie de explicaciones innecesarias. Como sea, no era una opción.  
Aún respondiendo ella no tiene absolutamente nada que ver conmigo. 
La mujer remedaba los pantalones mientras el desbarataba las servilletas sin  
Inmutarse. 
Hace tiempo que vengo huyendo de una situación semejante. ¡Ah, pobre mujer! Ha preparado tan bien la bebida esta mañana y sin preguntar absolutamente nada. Y yo ni me he despedido o me he tomado tiempo para platicarle un poco.  
Hace meses encontré un sobre con unos poemas muy ocurrentes sobre la importancia de el astro rey. 
Sí, me puedo imaginar. 
No hablamos más desde entonces. Aunque vivo con la esperanza de leer alguna novela peculiar. Como sea, la última vez que hablamos no quisiste saber nada sobre el Moloch. 
¡Ah, el Moloch, el Moloch! 
Si continúas consumiendo esa literatura retorcida te va a atisbar la visión sobre todo aquello que en realidad no es en lo absoluto complejo - respondió ahora riendo con una sonrisa amplia y honesta. 
La imagen de ella cosiendo los pantalones no aparecía mas. Era como si ella se hubiese levantado, sonreído con previsión mientras calentaba un poco de agua y escribía con tiza un mensaje. El observó sus delicadas manos cuando sostenía la tetera. 
Este lugar permanece siendo un punto de reunión para todos nosotros pues está exento de las banalidades que antes te había mencionado. Sabes cuanto desprecio y odio tales imposturas - y se contuvo pues comenzaría a mencionar a los espectros. 
Estabas exaltado. Y era una tontería - respondió muy calmado su compañero. 
Es muy probable. 
Y bueno, dime, ¿qué es lo que te trae aquí?. Pensé que no volverías mas, después de nuestra conversación pasada. 
No hay un motivo exacto sobre mi visita - dijo, bastante satisfecho por la desaparición de los espectros - este lugar se ha vuelto una constante en mi vida. Es algo que permanece, aún incluso después de nuestra discusión sobre el Moloch. Pero a decir verdad, hay algo más que me mantiene inquieto. 
Es sobre el egipcio, seguramente. 
El agua de su bebida estaba temperada. Observó sus impecables pantalones. 
Míralo ahí, está tan alegre y tu tan serio. No lo comprendo. Ese hombre se contiene ahí, sentado en su lugar, platicando con otros visitantes y no se inmuta ante la presencia de cualquier viajero que se le presente. Es algo admirable. Aún con los mas discutidos personajes el coloca su mano sobre su boca, hace un gesto y luego responde audazmente cualquier argumento sobre la mesa. 
El egipcio le recordaba a su gato, a quien había dejado contemplando el espectáculo humano sobre su ventana. Y quien después había optado por dormir en un cojín contiguo en la habitación. 
Ya le había contemplado antes. Todos los días. Jamás quiso mencionárselo a los espíritus pero una voz interior le decía que quizás sería de importancia después. 
El egipcio que se había mantenido ocupado en la conversación con los visitantes que rodeaban su mesa con curiosidad se despidió enérgico y se levantó de la misma con presteza. Después se dirigió hacia ellos. Les había escuchado también. 
Veo que hablan sobre mí - y se aproximó ataviado con un turbante. Era alto también, con ojos hermosos y un aspecto relajado. Su vestimenta era sencilla. Entre sus manos retenía algún manuscrito y unos cuantos libros. 
Se sentó en su mesa, al lado del muchacho de cabello castaño y ahora eran tres quienes conformaban la plática. 
He vivido al menos cuatro veces como para saber que son fruslerías tus preocupaciones y que el Moloch no cobra la importancia que le otorgas. 
Es la importancia que le da un misántropo - repuso sin denotar algún tipo de sorpresa ante su comentario. Aunque así fuese. 
Es una representación satánica - insistió - pero tan insignificante que ni siquiera alcanza lo funesto de una representación aún mayor y de tan demoniaca postura como para ser una pesadilla ruin, pero extravagante e incluso excitante. Ah, ¡cómo detesto el Moloch…! 
Aquello que tu llamas Moloch es una representación humana, nada más. 
Eso mismo digo yo - contestó el muchacho sonriente. 
El Cafetín London son los brazos de un padre dispuestos a palmear la espalda de su hijo. Son un tierno y reconfortante despliegue de afectos. El Moloch es un conjunto de podredumbre. Es corrupto, perverso e hipócrita. Es la sinuosidad de las masas y su pobreza también. La miseria puesta en escena. Pero he hablado sin cansancio sobre estos temas anteriormente y miren, ahora no importa puesto que nos encontramos aquí. ¡Que agradables son los brazos de papá!, ¡qué imponente es su figura! Y ¡qué refrescante bebida nos obsequia con nuestra constante visita! En unas horas caminaré por aquellas calles y observaré sin mirar los trasuntes y será como si no existiesen. Como si padeciesen de roña o tuviesen ronchas por todo el cuerpo y ahora son invisibles. Me adentraré en las calles, las avenidas de el Moloch y seré uno de ellos, me confundiré con ellos y me entremezclaré con un conjunto de personas sombrías. 
Aquí hay niebla y sombra y sin embargo es tan distinto - observó con un guiño el muchacho varonil que sonreía con frecuencia. 
Sí, sí. Son tonterías, pero mira, ya me encuentro de mejor humor aquí. Muy pronto el Moloch se habrá desvanecido. Será como un mal sueño, breve, como el montaje de un teatro griego o el kabuki y sus danzas. Con la muestra de sus kimonos de seda. 
¡Ah, pero que entretenido te has puesto! Pero ya me agotó un tanto la discusión sobre el Moloch. Hablemos ahora con nuestro amigo el sibarita. 
El hombre egipcio se colocó reacio sobre su silla y encendió un poco de tabaco en una pipa. Comenzó a fumar, tomó un sorbo de té y extendió un papel sobre la mesa. Era un manuscrito arrugado, roído y viejo. Sobre el manuscrito estaban descritos algunos lugares por medio de símbolos y trazos indescifrables al ojo desconocedor. 
Es un gusto que me di - comentó pausadamente - este lienzo, es muy apreciado por los compradores y los viajantes. Quizás no diga nada, pero quise tomarme la molestia de mostrarlo a ustedes, mis buenos amigos. Muchos de estos textos contienen instrucciones un tanto desagradables, pero eso aquí no importa. 
¡Seamos libres pensadores! ¡Dispongamos de todo cuanto podamos! 
Sí, sí. ! 
¿Hay algo que quiera decirme? 
Hablaría mucho más, pero después de haber escuchado las palabras de este hombre lo mío sobre el Moloch, todo lo demás que he dicho poco interesa.Después vendrán unos viajantes y se irán a otro sitio. Yo quisiera irme también a otra parte. ¿Me acompañarán? 
Si, por supuesto. 
Bien. No es una obligación que lo hagan, pero de venir el día de mañana, sería a una hora comedida para visitar otros pastos mas verdes y aspirar el alegre trino de los pájaros por la mañana en alguna campiña. 
Lo de la campiña suena bien. 
Es lo ideal para nosotros. Para Usted. Has de transitar en las calles de el Moloch y observarás una vez mas con desprecio a sus habitantes. Pero ¿qué acaso no es absurdo? Ya se ha dicho con anterioridad que en el Universo está el mundo y en el mundo hay una continua representación de los seres que le conforman. Y así es. 
No hay nada nuevo bajo el Sol. 
Aparentemente. 
Bueno, eso es lo que se ha escrito y dicho al respecto y sin embargo, hay eminencias que disfrutan hablar y discutir sobre estas modalidades de el tiempo y el espacio. 
Las conclusiones son muy diversas, pero, es interesante cuando después que se está todo dicho, existan también otras posibilidades. 
Esto es lo que piensa y deduce en general un científico - previno aquel robusto mientras jugaba con los rizos de su cabello. 
Pero en este lugar, el Cafetín London, acuden diversos personajes y el tema en particular a priori sobre la ciencia abunda tanto como los intelectuales y los artistas - dijo así mientras la imagen del espectro se diluía en la conjunción de las imágenes que se mostraban una a una en su cabeza mientras sus compañeros hablaban entre ellos. 
El egipcio fumaba su pipa. Saboreaba el tabaco, que parecía ser distinto a el suyo.  
El observó sus labios con deleite. 
La lengua de el egipcio se enroscó alrededor de la pipa. Sus ojos le miraron a los suyos, francos, quietos, sin expresión. Y sin embargo amables. 
Creo que la campiña te haría bien. Se respira un aire distinto cuando uno viaja, lejos, para reposar después en la letanía de el campo. 
Se descansa mucho mas, eso es seguro - exclamó el muchacho de los rizos, riendo, y ahora colocado con comodidad en una posición un tanto extravagante. 
En cuanto al pergamino que les mostré, tiene tanta importancia como le den. Es un pedazo de papel viejo, corroído, habitado por las polillas. Lo colocaron en un sitio escondido. En una librería, en algún territorio de este terreno atemporal y ahí estuvo durante mucho tiempo. 
En mi tercera vida supe sobre el pero jamás pensé que lo encontraría aquí. Es curioso, ¿no es así? 
Si el Cafetín London eran los brazos fornidos de un padre, el campo y sus alrededores serían como los brazos de la tierra. La fuente de la juventud. Las doncellas tomando sus baños matutinos en las límpidas aguas.La tierra fértil, y sus frutos en los árboles. Su murmullo, el estremecimiento de sus copas por la noche al sostener el nido de las aves. 
Extraño aducir el término tierra a un padre - objetó el egipcio – cuando la tierra pertenece al eterno femenino. Será de la madre pues, la tierra y de los padres el arduo trabajo de sus cuerpos cuando aran. Las mujeres entonarán canciones y ambos se dedicarán a la lectura al descansar. 

Los Viajantes 
III 

Tuvo la suerte que se mantuvo impregnado de los aromas de su habitación, ahora traslúcida tras la visita de su acompañante, quien había dejado modestamente anotado un recado: 
 Jaime, hoy no voy a quedarme a dormir. Me han pedido que sea institutriz de unos niños. He dejado todo en su lugar. 
Al encontrarse sin ella, se vistió adecuadamente, colocó mucha ropa en una maleta muy pequeña y se marchó. Traía consigo una botella de agua con la que tomó hasta hartarse y una vez en el Cafetín London, muy temprano, se sentó airoso en una de las mesas cercanas a donde habían conversado el día anterior. 
No temió de los espectros cuando le amenazaron imponentes su ida a lo mas remoto del mundo, ni se inmutó en levantarse cuando el espectro bromista le lanzó un objeto en señal de desaprobación y bufa. No, nada de eso consiguió arrebatarle que descansara casi insomne e impávido mientras cerraba sus ojos y las luces se manifestaban en la oscuridad. Aún rodeado de espíritus, sus ojos cerrados le mostraban un espectáculo de lo que se imaginaba vendría después.  
Así fue que ni siquiera notó que ella no estaba y que había pasado la noche fuera, en otro lugar. 
El egipcio y su compañero de cabello rizado acudieron puntuales a la cita. El hombre de los rulos venía acompañado de una atractiva mujer. Esta misma parecía haber salido de una caravana de circo. Tenía un cuerpo ágil y Jaime, se pasmó ante ella pues había esperado que únicamente se tratase de ellos tres. 
El egipcio no se mostró muy alegre tampoco con la idea de que hubiese un miembro mas en su misión pues la había ideado de acuerdo a un número específico. Sin embargo, se tranquilizó después al calcular que la muchacha en cuestión habría de reposar en algún otro lugar dejándoles a ellos el objetivo de cumplir con la misión que antes se habían propuesto desempeñar. Y el descanso, tan merecido descanso que se le había prometido a Jaime en boca de su acompañante. 
Pidieron en efecto un vehículo que les trasladara. Conforme iban avanzando Jaime contempló el cielo, el terreno de tierra que se expandía y el aire que le dejaba casi sin respiración. Cayó una tormenta. Cuando llegaron a una posada, sus ropas ya se habían humedecido lo suficiente. El incienso de la casa lo cubrió de un sopor divino que enalteció sus sentidos. 
Nuevamente las visiones acudieron a el, ahora con mayor intensidad. No eran los entes fantasmagóricos. Era algo diferente. En el espacio que habitaba hubo de pronto un destello que le deslumbró y mientras caminaba encontró la figura incorpórea de una mujer. Esta mujer que yacía junto a el aproximó su cuerpo hacia el suyo con temeridad. Colocó su palma en su rostro mientras entrelazaban sus piernas y jugaba con los dedos de sus pies desnudos. 
Cuando hubo de despertar no halló a nadie ahí. Sin embargo, la fiebre, las convulsiones nocturnas habían ya desaparecido. 
Entonces la mujer del circo tocó su puerta y al entrar sin hacer ningún anuncio verbal le sonrió en complicidad mientras le avisaba junto al hombre castaño que era hora que se encaminaran por la aldea a recorrer. 
Jaime, me han dicho que ya es hora que indaguemos por los alrededores de la aldea - bostezó - Bruno y yo hemos decidido que es hora. Ya hemos caminado lo suficiente y lo poco que hemos visto ha sido maravilloso. 
¿Y el egipcio? - preguntó ya bastante fastidiado, adivinando la mirada fija de aquella muchacha. 
Su acompañante ya se había ido afuera. Ella hablaba con calma apoyada en el marco de la puerta. 
El está en su habitación - rio - nos ha dicho que nos alcanzará después de encargarse de leer sus manuscritos. 
Bien, pues yo haré lo mismo. 
Luego ella lo miró nuevamente tratando de adivinar en vano, algo, en su pétreo rostro. 
Después se marchó con Bruno dejándoles a él y a el egipcio en la posada. 
Jaime observó su faz en el espejo de el baño, donde sus ojos negros contuvieron una llamarada. Su cuerpo ardía aún y su cabello se enjugaba en sudor. Se enjuagó la cara con agua y una vez repuesto acudió ante el egipcio. Después de las bagatelas, quería hablar con aquel docto hombre. 
El egipcio que era muy hermoso, lo esperó sentado en la habitación. Habían colillas por todas partes, y sus papeles estaban esparcidos en el suelo. 
Te he estado esperando. Anoche cuando comenzó a llover y llegamos aquí tuve un sueño. Verás, al principio estaba molesto porque Bruno trajese consigo a esa mujer. Sin embargo, mientras delirabas en tu habitación tuve un sueño. En este sueño se me presentó un hombre, este hombre era diminuto y me dijo que me otorgaba algo magnífico. Cuando extendió sus manos, frente a mí estaba un objeto de invaluable valor y de insignificante tamaño. Es una cimitarra - me confirmó - pero no cualquier instrumento. Es la cimitarra de un dios. 
¿Y después? 
¿Después? Te has quedado perplejo. Después, cuando desperté, en lamadrugada, hallé en mi alcoba la cimitarra. Así que aquí la tienes. Ha sido otorgada después de la lluvia. Cuando he tocado la cimitarra he pensado que nada ocurre, pero no es así. Frente a mí al emitir el sonido de este instrumento se manifestaron dos tejones. Luego cuando hube de tocar nuevamente la cimitarra pude ver a la mujer del circo. Cuando toqué por vez tercera la cimitarra unos hombres en toga me observaron con cautela. 
¿Me estás diciendo que con tocar un instrumento, que supuestamente te dieron en un sueño puedes hacer presencia de tales eventos? 
Sí, así es. 
¿Y que tiene que ver todo esto con la mujer del circo? 
Que la he visto, contigo, después de haberlo tocado. Supuse que algo tendría que ver. 
Si es así, lo descubriremos pronto. Bruno nunca nos dijo porqué la trajo a ella también. 
Puede que no tenga un objetivo en lo absoluto. 
Puede ser.  
El egipcio sostuvo la cimitarra y la colocó sobre sus rodillas. Su cabello sin el turbante se extendió hasta sus hombros. Sus ojos eran ahora de un tono prístino. 
Si me permites - colocó su mano su en hombro - tocaré ahora yo alguna melodía. 
Jaime titubeó por un minuto, se mantuvo inquieto y después acertó. 
Está bien, toca algo, por favor. 
Entonces el hombre egipcio le dijo: en el Oriente, cuando era un niño había una mujer de mucho prestigio y belleza. Era una hitita, una mujer cultivada en las letras quien pidió que construyesen una biblioteca en honor a su padre. Jamás la olvidé, no incluso después de todas mis vidas. Quisiese darte esta cimitarra cuando haya concluido nuestro viaje. Si alguna vez nos encontramos me gustaría saludarla. 
Jaime permaneció algo desconcertado ante su discurso. 
Y el egipcio comenzó a tocar la cimitarra con agilidad. La melodía de aquel instrumento era algo exótico. Poco a poco lo enterneció con los sonidos. Sus pupilas se dilataron por un momento con una atmósfera de sopor que le inclinaba al ahogamiento. La gravedad de su cuerpo era insoportable. Un caudal de imágenes, semblantes y hombres se manifestaban a velocidad. Ahora se encontraba en una época, ahora en otra. Miró la noche y luego el día, gente prendiendo fogatas, unas bailarinas en el bosque con vestidos transparentes, la circense besando a Bruno, en el estanque, la circense besando a Bruno en la cascada. 
El egipcio colocó un espejo frente suyo. Un arsenal de hombres le rodeaban y se postraban a sus pies. Había sudado demasiado, los vapores de la habitación eran fácilmente comparados a los de un sauna. Creyó perder el conocimiento, pero con las mismas habilidades que había logrado transmutarse de un lugar a otro, se mantuvo de pie. Los hombres abrían paso unos a otros. Algunos portaban en sus manos cascabeles, otros incienso así como los diversos objetos simbólicos con los que se acude a la ejecución de una ceremonia. 
¿Era acaso una ceremonia luctuosa? - exclamó muy quedo. 
No, no es así - dijo el egipcio - quien continuaba sosteniendo el espejo. No tocabamás pero la melodía chocaba con las paredes del cuarto, mientras se repetía una y otra vez. El número durará cuanto dure la música. 
Creyó nuevamente, asfixiarse dolorosamente mientras miraba en la penumbra el rostro de una mujer, a lo lejos, que le observaba con cautela. Pero al mirar bien, después de algunos segundos, el rostro de aquella persona se tornaba mas claro, casi perverso y de una mirada, una letanía tal, que se le congelaron los huesos. 
¿Era la circense? 
El egipcio deseó estar en los brazos de su amada. El piso de aquel lugar donde la música les había transportado se derrumbaba. El rayo anunciaba su llegada con el furioso estruendo del cielo. Un hombre que portaba un corazón entre sus manos pidió a dos de sus compañeros que tirasen de Jaime en dirección suya y así se salvara de caer en un abismo. 
Cuando el suelo se cuarteó, muchos de ellos cayeron sin anticipación, mientras los demás le sostenían y aquel que había dado la orden, apretó el órgano hasta vaciarse y el líquido exquisito bañó con morbidez su cuerpo. 
Te bautizo con la sangre - pronunció - mientras fraguaba su sonrisa y la lluvia que se había anunciado barría el lodazal de la tierra. Los hombres alrededor, ahora dispersos, alzaron sus brazos erigiéndose con felicidad. 
El egipcio sostuvo por última vez el espejo, los hombres fueron desapareciendo al sumergirse dentro y la música emitió su último acorde. 
Ha sido suficiente - exclamó Jaime, quien ahora se sostenía de rodillas en el suelo. Sin embargo no había sangre, estaba incólume y no había lluvia pues el clima era tibio, cálido y afuera de la posada se escuchaba el canto de los pájaros y las nubes tenues prendidas en un náutico cielo azul. 

La mujer del espejo 
IV 

Y así fue como se reunieron otros tres compañeros en la campiña en los alrededores del bosque. De entre los tres, uno de ellos se mantuvo absorto en la contemplación de algo invisible que se manifestaba únicamente en presencia suya y luego, después del trance, otorgó una sonrisa de satisfacción a sus espectadores. Los otros dos muchachos, quienes se mantenían entretenidos con los utensilios o la porcelana de la vajilla nueva le miraron con una exquisita e inamovible tranquilidad, como quien reconoce una seña particular de un viejo amigo y con el paso del tiempo, se ha acostumbrado a estos gestos propios. 
Era algo común que Antonio colocara estática su mirada, mientras la brevedad de la luz solar cubriera su rostro, sin lastimar el brillo de sus ojos. 
Desireé se enterneció ante su aspecto, al admirar su torso. El tenía la mirada serena. Desireé sostuvo la taza entre sus manos mientras sorbía el té. El líquido y los vapores que desprendía se desvanecían con los albores del sol. 
Comprendo que te hayas pasmado ante la belleza de este sitio interrumpió su tercer compañero, un hombre de cabellera oscura e intensos ojos verdes, como el mar. 
Ella pareció ignorar a su compañero, absorta en la contemplación de el primero.  
Después, Antonio, quien regresaba ahora de aquel letargo emitió una débil pero contundente sonrisa. 
Desireé que era fácilmente impresionable emitió un agudo grito cuando el té se derramó sobre su falda manchando su vestido. Su cabellera era de un rojo apagado que flameaba con el día. Antonio se levantó de la mesa, tomó una servilleta y limpió su ropa mojada. Volvió a sonreírle ignorando él ahora los gestos amorosos de su acompañante y se dirigió hacia el muchacho de cabellera oscura. 
¡Ven, tengo algo que hablar contigo! 
El muchacho de cabello oscuro y ojos verdes se levantó de su asiento. Miró a Desireé ruborizada y aturdida a lo lejos, mientras sostenía el pañuelo entre sus piernas. Caminó después al lado de Antonio, al compás de sus pasos. 
¿Has visto como mi mirada se ha pasmado en un punto? 
Sí, lo he visto. He visto mientras Desireé se embrutecía contigo cuando mirabas algo allá muy lejos. 
He visto un hombre que era sostenido por otros hombres, he visto el cielo tronar desbaratarse en pedazos. 
Quizás lo imaginaste. 
Pero ha sucedido. En este preciso instante. Ese hombre me vio y yo a el y luego había otro hombre, de entre muchos, que pude reconocer en la multitud. Fue algo inaudito y sin embargo me pareció tan real. Este hombre lo hemos visto antes.  
¿Es así? 
Es probable. 
No, no lo es. Quizás sea que haya recordado algún cuento de la infancia. O de haberlo visto, sea algún desquicio de mi mente. 
El hombre de ojos verdes y cabello oscuro tomó una hoja de un árbol colocándola entre sus dedos. Después sopló entre ella emitiendo un sonido. Te contaré una historia - sonrió como los ludópatas. 
Había una vez un hombre macizo, de una estatura sorprendente y agraciadas facciones que se postró frente a un pequeño público. El púlpito aclamaba con devoción a este hombre que proclamaba los conocimientos de Oriente. Cuando desplegaba sus brazos y metía una de sus manos buscando algo en sus amplias mangas aparecía con asombro multitud de sortilegios que desplegaba en sus palmas para luego nuevamente ocultarlas. 
Ahora colocaba el sol en sus manos, ahora ya no estaba. El cielo se oscurecía, las nubes se dispersaban en el manto y una vez mas la luz que irradiaba el astro rey hacia muestra de su presencia. 
Las personas rumoraban entre sí sobre sus habilidades y sus vastos conocimientos, pero no había alguien que comprendiese bien sus hazañas y el método por el cual lograba tales espejismos o efectos sobrenaturales. ¿Cómo era posible que un ser humano, un pesquiso ser humano pudiese ordenarle a los cielos que se despejasen? O que aclamase a la tormenta con inamovible naturalidad o fomentase la neblina que cegaba a los hombres por las noches en una desconsolada oscuridad. Era temido, venerado, pero también asiduo recurrente a los banquetes y un excelso orador. 
En uno de sus discursos había narrado un extravío, la fuga de un hombre que disperso en la bravura de las plantas, las palmeras, la arena tibia y las conchas de blanco nácar había resuelto la disolución de su existencia en la anchura del océano. Este hombre se habría vuelto uno, todos y nada. Estas eran las enseñanzas de los brahmanes - según decía -quienes eran muy vehementes en sus prácticas. 
Luego, este hombre sonreía para sí mismo, mientras se servía vino en una copa dorada. Sorbía sonrosado y glotón el líquido. ¡Es un regalo de Dionisio! - brindaba apremiante - ¡la embriaguez de los sentidos!  
Y continuaba hablando sobre las celebraciones antiguas con muchas dilaciones incoherentes a causa de su estado etílico. Mas tarde, se durmió. 
Vaya, la historia que me has contado - exclamó Antonio. 
Sí, es una historia interesante. Hace mucho tiempo que quería hablar contigo de ello. ¡Quién sabe! Quizás el hombre que hayas visto mientras Desireé derramaba su té y te contemplaba sea el mismo que se ha sumergido con el todo y es todo y nada a la vez. 
No es probable. 
Pero si te he dicho de esta historia y vas por ahí dudando de su veracidad. En tanto que aquella visión tuya es tan poco verificable también. Además, me has dicho que quizás sea alguien que conozcamos y de ahí deduje mi cuento. 
No es posible pues no recuerdo que nosotros conociéramos a este hombre del que me hablas. 
Ah, claro que sí, Pertenece a mi magisterio. Y lo miró con cierto misterio. 
Antonio se enfureció por cuestión de segundos. Y luego lo vio como quien está ante un niño. 
El hombre de ojos verdes era un adicto al juego. Un juego insignificante, como las cartas, donde apostaba míseras cantidades de dinero. Este hecho lo había vuelto reprobable ante los ojos de Desireé para quien Antonio era la representación mas elevada de el hombre. Antonio por otro lado se dedicaba a jugar junto a su amigo y algunos otros visitantes, con las cartas y a veces, cuando estaba de buen talante les mostraba sus mas nuevos trucos de magia. 

Esta era su rutina. Desireé la conocía bien, mientras se encerraba en la sala a conversar con quienes servían la comida o con cualquiera que fuese a visitar. A veces algunos viajantes llegaban y ella se mostraba estupefacta ante sus historias, pero solo para disimular, pues después de algunas conversaciones les miraba con los ojos impávidos y quietos mientras movía su cabeza al responder:  
Sí, sí, continúe. 
Los muchachos apostaban afuera calmos. Desireé se irritaba un poco y se asomaba al jardín, luego les rogaba que dejasen sus juegos, culpaba al muchacho de ojos verdes y cabellera oscura y Antonio se quedaba en su lugar. 
El bosque tenía una serie de laberintos amenizados para la campiña. Eran edificados con cautela, cada arbusto bien podado y regados sin la menor austeridad. Desireé soñaba con el día en que Antonio y ella se perdiesen juntos en la maleza verde, para luego encontrarse nuevamente en un fraguado suceso del Destino.  
Una noche se sumergió en los recovecos de aquel ideado de Delos y cuando por la luz de la luna un hombre de plata se detuvo frente a ella su agitado corazón retumbó inusitada dicha. 
¡Antonio! - gritó - y le besó dulcemente. Estaba pasmada cuando descubrió que era el joven de los ojos verdes. Un sonido estrepitoso agitó el bosque. Se desmayó. 
Desde ése día el joven era cada vez mas absorto en sí mismo. Era como si estuviese triste. Y su ludopatía cobraba una infantil intensidad. Desireé no lo visitó hasta que estuviera acompañado de Antonio y se quejaba constantemente de el clima. Antonio no emitía el menor comentario al respecto, pues era algo que acostumbraba. Sin embargo, notó la diferencia en su amigo. 
Sus ojos eran ahora mas verdes. Se dedicó de lleno a la poesía y a la elaboración de cartas. Por las noches se escuchaban ciertos gemidos. Desireé se hartó y se lo adjudicó a la edad. Dormía con la pluma y papel a un lado de su cama.  
Reemplazó los textos pasados por nuevos libros viejos. 
Un día anunció que se marchaba al Ejército. ¿A servir a quién? La cuestión es que se había ordenado en la milicia por el transcurso de un año. 
Antonio le secundó en un viaje meses después. Antes dejar a Desireé compartieron muchos tiernos momentos juntos. Tal como ella hubiese querido. Antonio continuaba con su impasible ánimo. Desireé recibió muchas cartas por parte de el iracundo y taciturno muchacho. No tomó en cuenta muchas de ellas, pero Antonio se encargaba de leerlas. Después fue cuando se decidió por marcharse. La noticia la dejó helada. Se despidió llorando. 
Antonio sonrió débilmente, le dio la mano y se fue. 
Las cartas fueron muy breves. Ella escribía misivas largas y conmovedoras para recibir respuestas tales como:  
Estoy bien. Que bueno que se encuentren bien. Que disfrutes de la estación. 
El invierno fue largo, la blanca nieve cubría la tierra. Los copos de nieve caían lastimosamente. Habían cartas de el joven de los ojos verdes, pero había sido ordenado que pasasen primero por Antonio y luego llegasen a Desireé. A ella no le importó. Las cartas de Antonio siempre eran leídas con impaciencia. 
Antonio viajo por el mar en un crucero. Se servía buena comida y asistía a los espectáculos. Escuchó de un faquir donde se hospedaba el muchacho de ojos verdes y viajó hasta su procedencia. Llegó al desierto. Sus zapatos se poblaron de arena. El calor opresor del sol debilitó aún mas su frágil cuerpo.  
Había una aldea, según sus cartas, donde había estado la mayor parte del tiempo. Cuando llegó miró a su compañero con el cabello mas largo y una vestimenta que combinaba con el iris de sus ojos. 
¡Que galán te has puesto! - emitió casi desfalleciendo a causa de la sed. 
Debo agradecerte por la correspondencia epistolar. Me mantuvo en mi entrenamiento. También le he escrito a Desireé pero ella no me ha respondido nada. 
Antonio se enrojeció, lo miró nuevamente y dijo: Ella no te ha escrito pero a mi sí. También sé que le has escrito. Me he mantenido al tanto. 
Me has hecho falta - tragó saliva - Desireé también te ha echado mucho de menos. 
¡Bah! Ella sería feliz estando únicamente contigo. Como sea, has venido por el faquir. 
Sí. Y por ti también - espetó. 

Los niños 
V 

Una mujer de complexión delgada, cabello castaño y ojos cristalinos se inclinó en una esquina de su habitación, donde había acomodado algunos papeles. En uno de los cajones, en los anaqueles, en una caja bajo llave se encontraban la epístola que había mantenido por algún tiempo. En uno de los papeles decía así: 
Nefrure 
Le tuve alguna vez y cuantas veces le estreché entre mis brazos. Cuantas veces Ud escuchó también el retumbar de mi corazón y sereno mi espíritu junto al suyo que calmo me contemplaba. Cuanto le amé, sus oscuros ojos"azulino" halo y su adamantino espíritu. Su frente lisa, su porte adusto. Cuán lejanos se ven ahora esos días, cuando como una aparición me acompañaba. Yo veía desvanecerse sobre mi su ínfimo y ligero cuerpo. ¡Cuantiosos días de ávidas memorias, como la felicidad! ¡La dicha mas grande y soberana! 
La carta estaba firmada y de reverso habían algunos garabatos imperceptibles.  
Eso era todo. En aquel sobre, en aquel papel.  
La mujer sonrió tímidamente para luego recomponerse y colocar con agrado todos los objetos de la habitación.  
Había un orden imperante. Hacía tiempo que Jaime se había ido y ella sin embargo continuaba colocando en su lugar sus pertenencias. En ocasiones no llegaba a dormir y se quedaba en la casa de la señora de quien cuidaba a sus hijos. Era la institutriz de la familia. 
Por las tardes los llevaba al parque. Los niños caminaban sobre la pradera, tomados de la mano. Uno de ellos colocó sobre su mano algunas de las plantas que encontraron debajo de ellos. Eso hacían, daban vueltas sobre el pasto y se llenaban la ropa con las hojas. Las mariposas revoloteaban agitando vivamente sus alas. 
He traído conmigo melocotones - exclamó con afabilidad la niña, quien sujetó con ahínco la bolsa donde los había colocado - No son demasiados, pero son suficientes. 
Bien - dijo el otro niño con un tono de voz dulcificado - Ahora que has traído comida comeremos sentados sobre el verde pasto de la pradera y después caminaremos algunos pasos. 
La institutriz que había presenciado a los dos niños los movió hacia ella y después de haber estrechado sus pequeños cuerpos en su pecho. Pronunció algunas palabras inaudibles para su entendimiento pero francas y con la promesa de bienaventuranza. 
Antes de ello observaremos - musitó - los alrededores. 
Brindaremos a falta de vino, pues son unos niños, con jugo, por los placeres de la infancia. Yo sostendré sus manitas con firmeza e inclinarán su cabeza en la mía.  
Los dedos de sus manos confirmarán la presteza de mi piel. Deslizarán sus dóciles piernas sobre el pasto y su tibio cuerpo anhelará el cielo y sus nubes. Los trazos de Dios nos parecerán audaces. 
En el pasto las aves se colocarán sobre sus nidos, entonarán sus himnos y recordaremos las promesas de su padre. 
Yo haré un juramento y el mismo quedará plasmado como el eco en el viento, pues volverá después de su recorrido, feliz y manifiesto cuando la adolescencia sea ardua y la juventud decida arrebatarles sin éxito. 
Pues querrá ahondar la melancolía en algunas lágrimas. La tristeza de los poetas tocará la puerta de su alma y desearán quizás no haber nacido bajo la estirpe de los artistas. Si es que si se deciden a ello. 
Entonces yo besaré sus párpados reverdecidos y les recordaré las promesas de su padre y su alegría. Se habrá sido precipitado y como Orlando lamentarán la audacia de anticipar lo incierto. Sean felices. 
Miren niños - dijo ella - como el Sol se cierne sobre las copas de los árboles. Y el fruto alienta. 



  

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