jueves, 27 de octubre de 2016

La visita de

¿Es acaso el ingenio, la inteligencia la causa de la locura de un hombre?

O son las pasiones la causa de todos los enredos en los que se vieron introducidos. La pasión de Smerdiakov para Grushenka o el afán de Grushenka por perder a un santo.

¿Es la risa igual a la maldad? ¿Todavía son considerados los bufones como los demonios en El Laberinto de la Rosa? ¿Todavía existen carnavales dónde la gente se permite el pecado?

¿Porqué existe la unión mental de el arquelín y la risa?

No es suficiente con una risa honesta, sincera. Con una sonrisa ante un evento que nos causa suma felicidad.
No sobra decir que todavía existimos en el Oscurantismo donde la risa es considerada como acto diabólico y de ignominia.


El diablo

En su alcoba se encontraba Aniketos. Quizás un poco agotado después de todo el ajetreo mental al que había sido sometido cuando encontró frente a sí a el Diablo que lo miraba con cierto escepticismo. El diablo estaba ahí parado frente a el con una sonrisa, a pesar de la debilidad de el cuerpo de , que se descomponía cada vez mas a causa de la fiebre.

Se encontraba frente a el con su cuerpo esbelto y las articulaciones flexibles moviéndose de un lado a otro. Primero movió el brazo derecho hacia adelante y después el brazo izquierdo. Se movió en cuatro patas por la habitación agitando su trasero y pasando con malignidad su brazo sobre su boca. Terminó de lamer todo su brazo, pasando la lengua por su mano hasta llegar a su codo.

Aniketos comprendió entonces que si no contaba con una presencia sobrenatural, lo cual descartó terminantemente se encontraba frente a una alucinación causada por los delirios de su enfermedad. El diablo le continuaba mirando con tanto escepticismo como el ingenio de Aniketos. Hasta que logró exclamar algo después de que Aniketos comenzara a irritarse y a funcir su ceño. 
- De modo que estamos aquí. Frente a a frente. -
Aniketos no emitió respuesta, dándole oportunidad a su razón.
- Bien, muy bien. Veo que he ganado la afrenta. Ni aún así eres capaz de responderme ni mucho menos hacerme frente. -
Aniketos lo miró aturdido. Hasta lograr emitir algo.
- ¿De qué demonios hablas? - Luego pronunció para sí mismo en un voz mas baja - Pero si ya eres el mismísimo demonio. Nada de esto tiene sentido.-
El diablo sonrió.
- El orgullo y la vanidad de un hombre son terribles debilidades. Y sin embargo heme aquí, haciéndome presente frente ante ti.-
Aniketos sonrió de mala gana y emitió con desprecio.
- Si, frente a un simple mortal. Te digo que nada de esto tiene sentido. ¿Porqué habría de manifestarse frente a mí el Príncipe de las Tinieblas siendo yo un precario intelectual que disfruta escribiendo en el periódico para burlarse de tus enemigos? ¿No deberías dejarme en paz y concentrarte en algún asunto de tu carácter lejos de fastidiarme?
El diablo parecía muy molesto con esto último.
- En realidad tus escritos en el periódico no hacen otra cosa que despreciarme. Me he sentido muy desdichado con lo que he tenido que leer. He encontrado mas conversos que aliados estos últimos días. Y los que han venido a visitarme vienen y se van y todo resulta de lo mas mezquino e insoportable. Tanto así que Dios y yo nos hemos puesto a jugar cartas por el aburrimiento. En realidad yo no soy un mal tipo... En el Antiguo Testamento.-
Sonrió maliciosamente.
- ¡Ah, es verdad! - Exclamó Aniketos - Ahora recuerdo que yo escribí algo sobre el Antiguo Testamento. Pero ahora nada de eso tiene sentido. Si no mal entiendo las Escrituras debes de haberte manifestado ante mí por alguna razón. Algo que todavía no logro aterrizar. Así que te permitiré que me actualices con tu conocimiento ancestral. Si no te molesta, claro. Siendo tu un tipo no tan malo. En el Antiguo Testamento, por supuesto. -
El diablo sonrió de mala gana ante el cinismo redundante de Aniketos y entonces emitió.
- Pues fíjate que no será tan fácil. En realidad yo solo vine a visitarte. Verás, con todos tus escritos estoy tan aburrido de el comportamiento humano que no he tenido otra opción que venir a visitarte y hospedarme en tu habitación hasta que las cosas tomen su curso o hasta que se haga presente algún milagro divino.-
- ¿Y los ángeles cómo están? - Preguntó Aniketos intrigado ante su respuesta.
- Tristes, quejosos y llorando. No queda mas que decir que el comportamiento obsceno de los hombres y bueno, lo obsceno de tus escritos han causado todo un revuelo en el Cielo.-
- ¡Lo que me faltaba! ¡Los ángeles molestos y Dios con el Diablo como buenos amigos jugando a las cartas! - Exclamó Aniketos. 
- Sí, así es. - Musitó el diablo.
- Bueno, pues entonces te has decidido por quedarte. -
- Indefectiblemente - Exclamó el diablo que ya se había colocado en un pequeño sillón colocado en la esquina de su cuarto. 


*

El porvenir y las luciérnagas

El porvenir y las luciérnagas 
 Había en un lugar al norte de una nación un rancho dónde solían refugiarse los niños de la lluvia. En el rancho y la parcela de tierra habían muchos caballos que solían llevar una agradable vida al cuidado de sus dueños. El aire era apacible y agradable y olía casi siempra tierra mojada y a plantas. En el rancho había una cascada que caía sobre un riachuelo con escasa agua y que daba a un río mucho mas prominente eagua. En el riachuelo los pájaros danzaban y nadaban por debajo de el líquido cristalino y saltaban por encima de su delimitante para atrapar algún mosco o insecto que se paseaba por ahí. 
Por las noches la oscuridad cubría con su manto el cielo y la luna resplandecía vivamente en el centro con todo su magnífico esplendor. Se escuchaba el cantar de los grillos y las cigarras que tocaban sus violines personales al frotar sus patas sobre sus miembros. Era cuando salían las luciérnagas, increíbles luciérnagas, cientos de ellas a iluminarlo todo. Las luciérnagas revoloteaban siempre alrededor de la lumbre de las lámparas de aceite que colocaban los que vivían en el rancho. Una a una las luciérnagas revoloteaban, danzaban haciendo círculos e imágenes imprecisas en el cielo. ¡Las luciérnagas y su aura verde, roja, incandescente! 
Por la mañana Perséfone hubo de resbalarse en el riachuelo cuando intentaba atrapar un pez... Con facilidad fue rescatada cuando se encontraba inconsciente sobre las piedras de río.

Podía verse sumergida en el agua donde tuvo un atisbo de la Atlántida. 
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