miércoles, 28 de septiembre de 2016

Toughts

¿Cómo está Merlin?
¿Quién?
Antoine me miró de reojo.
¡Ah, Irving!
Desireé no me ha hablado demasiado sobre el, creo que está mas preocupada por otros temas que por Irving en sí. El se encuentra bien. No sé cuanto tiempo pasen juntos, pero sí creo que ha sido bastante aunque no lo suficiente como para ser algo exagerado.
El tipo en cuestión ha influido en ella positivamente.
Me he dado cuenta...
No pensé que llegaras a ser tan posesivo con ella.
Solamente me preocupo por su bienestar.
Si fuera por ti estaría encerrada en un convento o la mantendrías ocupada en un internado...
Lo he pensado. No estaría de más...
No pude evitar soltar una carcajada.
Deja a la mujer en paz, no creo que haga algo descabellado. Al menos no por ahora...
Le sonreí picaramente, para sudgerirle su temperamento tan osado y arriesgado en ocasiones.
Esperé por un espacio de segundo y de silencio una reacción y Antoine no pudo evitar mirarme aterrorizado de la posibilidad de rebeldía de Desireé.
Con ella nunca sabes Antoine... ¡Bah!... La dama en cuestión no hará nada mientras le escribas. En cuanto le diga que te has preocupado por ella seguramente se le bajarán y cederá todos esos impetus.
¡Se pondrá tan feliz! Y dirá: ¡Antoine me ha escrito, se ha preocupado por mí! y se olvidará en una patada de Merlín, el Rey Arturo y toda su corte.
De todos modos quiénes somos nosotros para impedirle que se divierta un poco en nuestra ausencia.
Un poco, no que tire la casa por la ventana...
Calma muchacho. No hará nada así.


Era una tarde lluviosa, Jaime se internó en la ciudad. Habían charcos de agua por todas partes que parecían ser fozas de agua dónde al pisar podrías llegar a hundirte. El cielo estaba nublado y se escuchaba el tronar de los relámpagos en el cielo o la electricidad sobre las nubes.
En otro tiempo, Jaime hubiera pensado que era algo delicioso y se hubiera detenido a admirar la lluvia desde su recámara, tendido sobre su cama y admirando el agua cayendo a raudales desde su ventana. Pero hoy no era ese día y tenía prisa, mucha prisa por llegar a casa. Abrir la puerta de su casa y echarse a dormir.
La lluvia comenzó temprano ése día, comenzó a las 4 de la tarde y a las 5:36 ya se había empapado todo y la lluvia caía sin cesar.
Logró esquivar con la ayuda de paraguas toda el agua que pudo, pero al final acabó tan húmedo como si no hubiera llevado sombrilla. Excepto por el hecho de que la llevaba y hubiera terminado con fiebre en su alcoba. Olió su ropa y olía a humedad. Ni siquiera la colonia pudo evitar el olor a humedad, pero con suerte la humedad se disiparía o evaporaría con el aire caliente.
Cuando logró abrir la puerta de su casa ya habían dado las 6 y agradeció que ese día se encontrara Mnuen por ahí.
Mnuen era muy hermosa. Pero no lo suficiente como para atraer su atención. El siempre lamentó éste hecho.
Su completo desapego a la figura femenina de la casa lo atormentaba.
Mnuen soltó su cabellera castaña, tenía un aspecto majestuoso ese día. Había estado leyendo un libro sobre las disputas de los ingleses y los franceses y su estancia en su "Inglaterra" privada la había enseñado lo suficiente sobre los valores de la Revolución y la Reina Virgen.
Las guerras santas eran todo un tema que había explorado con sus jóvenes pupilos.
Mantenía siempre la casa limpia, los libros en su lugar y la habitación de Jaime siempre en orden.
Ya se había acostumbrado a su ausencia y a su poca atención en su cartas.
Había preparado la comida ese día, para dos personas, como acostumbraba a hacerlo siempre. A pesar de que el nunca estuviera ahí. Ocurrió que ese día Jaime fue a dar a la casa de imprevisto y encontró, como esperaba, la comida servida.
Mnuen lo recibió con una sonrisa moderada y sirvió la comida en la mesa.
Poco antes de su partida habían contratado una cocinera y una sirvienta, pero como faltaba el dinero, decidieron despedirlas y Mnuen se hacía cargo de estas labores.
También era el temor de que alguien se hiciera con la posesión de algún libro o algún objeto de valor.
Mnuen le hizo notar este aspecto y Jaime no hizo otra cosa que sonreír y comentar que contaba con mucha suerte al tenerla ahí para el.
Mnuen se alegró de sentirse valorada, de ser útil de alguna manera.
De todos modos si su labor como institutriz le quitaban mucho tiempo, era muy probable que contrataran a alguien nuevamente, para que ella pudiera concentrarse en su trabajo.
Jaime no hizo objeción alguna y consintió sus decisiones. De todos modos, quién era el para negarle algo a una mujer como ella que no pedía mucho a cambio de su presencia.




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