Mnuen recogió los platos una vez que terminaron de comer y los devolvió a la cocina donde los depositó sobre el lavaplatos. Se quedó quieta, muy seria, pensando en algo y después se volvió a sentar en el comedor.
Tiene tiempo desde que te marchaste...
Con este clima y el cambio de dimensiones, ya no sé cuanto tiempo haya pasado desde la última vez que vine.
Sí, es verdad.
Deberías llevarte un reloj o algo. O inventar algo para medir el tiempo ahí.
Jaime la miró por un lapso de un segundo y respondió:
Sí, allá a dónde voy, hay una mujer que se encarga de esas cosas. O al menos comparte contigo todas esas ideas. La verdad es que me sería muy útil medir el tiempo o tener la noción del mismo con ayuda de algún aparatito.
Yo podría ocuparme de algo... Pero, me temo, que no me he puesto a cavilar esas ideas o construcciones desde tiempo atrás...
Eso me imaginé. Aunque podría mantenerte ocupada - Sorbió un trago de té.
Allá a donde vas - dijo, mientras posaba sus hermosos e interesados ojos cafés - deben haber toda clase de personas con máquinas y aparatos y planos y todas esas cosas.
Algo así y no.
¿Porqué?
Porque la gente llega con planos y máquinas, pero no son todas. Hay muchas personas. La primera impresión que tuve fue de lo mas agradable. Conocí a otros viajeros como yo, pero ellos se decantaron por otros temas. Quizás, la persona mas interesante que he conocido ha sido John Dalton, Meni.
Ah, Dalton... - Mnuen se incorporó sobre la silla y tensó su cuerpo con nerviosismo.
¿Qué pasa? - Dijo un Jaime casi inexpresivo - Parece como si estuvieras temblando.
Mnuen arqueó la ceja, frunció el seño y colocó con severidad sus manos sobre sus muslos.
Continúa...
Es solo que el nombre Dalton tiende a ponerme de mal humor.
Ah, no sabía que fueras tan sensible ante su sola mención.
Debo mencionarte - colocó dos cucharadas de azúcar - que Meni es muy interesante. Es un hombre ameno, misterioso pero fácil de tratar. Tiene muchos manuscritos, pergaminos e ideas para platicar.
La mayor parte de el tiempo la pasa solo o en compañía de otros viajeros como nosotros.
O como yo, ahora que te has quedado en casa.
Sí...
Es solo que me molesta el tipo en cuestión.
¿Ya lo conocías?
Ya te había dicho que sí...
Ah, es verdad... Creo que lo olvidé, con tanto viaje - emitió una risita burlona - Ah, el buen Dalton. El día que quieras acompañarme, te lo presentaré de nuevo.
No creo que eso pase en un rato.
Comprendo... No te cae muy bien el tipo, ¿verdad? Con lo divertidas que son sus pláticas.
Sí, por eso.
¿Cómo?
Por lo divertidas... ¡Es comiquísimo el muchacho!
Oh, vaya, te has enfadado... Pero bueno, con tu seriedad, no creo que sus ocurrencias duren demasiado y en todo caso no ha salido con ningún chiste por el momento. Todo lo contrario, es el ejemplo vivo de la decencia y de la pulcritud moral y espiritual.
Difícil de creer.
¡Y me creerás! Pero ¡que poca fé le tienes al hombre! Ya lo verás por ti misma.
No me falta fé, es experiencia, estadística y un estudio exacerbado de su personalidad...
Bueno, bueno... Te creo a ti - besó su frente - ¿Cómo no habría de creerte? Cambiando de tema o regresando al punto de partida inicial Meni contiene estos papeles... ¿Cómo llamarles? ¿Pergaminos?
Bueno, esos condenados pergaminos con toda clase de leyes y metafísica y patafísica y esas cosas que tanto te gustan.
Ajám
Pues sí, indagamos en todas esas cosas, de índole filosófica.
Me alegro que así sea... Aunque, retomando el tema, algún aparato para medir el tiempo te serviría para no llegar tarde a la hora de la comida, o al menos tener un registro de cuándo vendrás.
Las clases van bien, los niños se muestras satisfechos y eficientes.
Solo lamento encontrarme sola las tardes en la casa, pero me la he llevado bien. Podría decirse que no he tenido cambios ni alteraciones en mis horarios, ni en mi modo de vida.
Comprendo, como esperaba de ti.
Sí... Pero el reloj...
Pero el reloj nada, ya sabrás tú como ayudarme con esa cuestión, del tiempo. Temporal, vaya...
Me duele la cabeza, disculpa que te hable así, Mnuen querida. Tanto viaje me ha terminado cansando.
He estado zangoloteando de aquí a allá.
Tienes la cama preparada... Acuéstate y descansa. Estaré leyendo en mi cuarto, por si necesitas algo, solo toca la puerta y te daré lo que te haga falta.
Bien... Gracias, querida, gracias. Te cubriré de besos.
Y le cubrió de besos la frente.
¿Qué le habrá contado el pervertido de Dalton? Y miró de reojo el cajón donde había guardado todas las cartas y declaraciones apasionadas y de amor de Daltón para ella.
Todos los meses, sin falta, recibo una, pensó para sí misma... Pero nunca viene a visitarme y la última vez que vino me dijo una sarta de tonterías y boberías subidas de tono.
La cuestión era que Mnuen y Dalton tenían un romance desde el principio de los tiempos. Y desde el principio ella se había mantenida un tanto alejada de el, pero no demasiado pues el siempre procuraba mantenerla cerca.
... Cerca de mi corazón ... El problema era básicamente que Dalton había hecho algo que la había ofendido soberanamente y desde entonces se mantenían alejados, Dalton viajando y encontrando el sentido del Universo por ahí y Mnuen en su casa dedicada a la docencia. Como vivía con Jaime en santa compañía, Dalton no se desquiciaba tanto como si hubiera contraído matrimonio con algún conde u hombre de sociedad. Pero esa unión, ese compañerismo le beneficiaba de cierta manera, pues no estaba del todo sola y al hacerse amigo de Jaime, podía preguntarle detalladamente sobre su estado personal.
Eso y también hacerse de algún amigo que viviera cerca de ellos para pasarle las cartas mensuales. Cosa que no hacía con Jaime, pues desconfiaba de su discreción y era muy probable que abriera los sobres y leyera todas esas cosas privadas entre los dos.
Las declaraciones de amor de Dalton, eran cosa conocida por ella, pero no daba el brazo a torcer.
Lo último que le había dicho era tan dado a el contenido de adultos que no se aguantó las ganas de abofetearle el rostro.
Dalton no pudo contener la risa y prometió visitarla nuevamente. Cuando su temperamento estuviera mas sereno y no tan enojón.
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