Yo no puedo editar estos versos, no puedo editar las letras que alguna vez escribí de manera atropellada, como los pensamientos entrelazados, la lluvia ó bien las lágrimas. Tampoco puedo evitarlo. Creo inútilmente y de manera ingenua que mientras permanezcan de manera intacta seré el ejemplo vivo de Penélope, aguardando.
Yo no puedo leer estos versos, no puedo y me cuesta demasiado volver a ellos. Pero sé que un dia, un día llegará y pasaré de ellos como el borrador de algun delirio vano y juvenil. Que todo aparecerá frente a mí como un sueño lejano, e inconforme con mis pataratas infernales proseguiré a reescribirlos. Y no existirán para mí, porque ya no existen. Y se acabarán como el deseo que de mí se extingue.
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Ah pero si sé que vos eres tan poco ortodoxo. Enseguida escapas una bocanada de humo y se despegan esas palabras mortíferas, como dos aviones en colisión. Y me dices, recuerda precisamente a Camille Claudel, pero yo solo puedo precisar a Rodin. Que son diez o quince años, nadie hace más la cuenta ni se ocupa de la métrica mientras te levantas con tus gestos serios como los de un muerto que sujeta con su hábil y blanca palma. El maestro, sin duda.
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Tus ojos enormes y bien abiertos que me miran con reposo, con la calma de un asceta y yo que acaricio tus cabellos blancos, poblados por la amargura de tus años, de tu experiencia. Pienso inmediatamente en mi sequedad siempre aparente, en las conversaciones plagadas de recuerdos, silencios y malos entendidos. Mi severidad que desaparece inmediatamente expulsas humo de tu boca y tu apariencia fatal me corroe la espina. Probablemente nadie te supere y como habrían de hacerlo.
Tus ojos enormes y abien abiertos que me miran con reposo, con la calma de un asceta, y yo que acaricio tu cabello opaco, tus cabellos blancos, poblados por la amargura de tus años, de tu experiencia. Ésa noche parece que has derramado algunas lágrimas, y en mis brazos ocupas el tamaño de un hombre, liviano, seco, etéreo. Tienes los ojos azules, metálicos como la tormenta, y en tu semblante sereno se distingue la severidad del rayo ante mis palabras. Miro tu rostro, el rostro de todos los hombres que no amaré, miro tu rostro, el rostro del principio y el rostro de la entrega. Miro tu rostro, el rostro de el amor, el rostro de el ágape, el rostro de la muerte. Miro tu rostro, el rostro de Cristo, el rostro de mi padre, el rostro de mi esposo.
Ésa noche me has hablado de aquello, y yo lo he rehúsado. He rehusado, y mi negativa ha sido el principio de todos los desenlaces. Vos lo sabes, y vuelves. Vuelves a mí, con los brazos cargados de hijos. Ésa noche fungirás de dioses, beberé de ti, ante tu cabeza, el rostro intacto.
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Ah pero la amargura, de saberse elegido, de las elecciones repetidas y multiplicables. La amargura de saber que no se ama sinceramente, que una vez se dió todo y en esa apuesta de la nada todo se redujo inexorablemente. Cuando se regresa al sur por un accidente inevitable, un arreglo mal intencionado o desconocido que es la oportunidad diaria, el consuelo. El caminar por las calles empedradas, una triste analogía de nuestra historia, porque vos y yo jamás armamos un conjunto bien definido, solamente fuímos un triste ensayo de madrugada a luz y en medio día. Coincidencias entre carcajadas y un suspendido enlace.
El cojín arrumbado y la alfombra empobrecida con aliento de hambre y de sed muda.
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La gente, el centro completo y enteramente lleno de otra gente que danza otra época distinta, que une su cuerpo con otra en un encuentro de espíritus que comparten esa muerte diaria ó que sufren cuando comprenden que estan terrible e irremediablemente solos en un laberinto de otros que abundan y caminan como ciegos.
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Aquella noche me hablaste al oído, como un cómplice en nuestra soledad acompañada y de poca plenitud conciente. Me iniciaste a tu mundo de locos aprobados, genios y sensatos, que solo nacen por vez primera cuando se desconocen ante aquellos que no les admiran la parafernalia.
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Toses, te secas la boca con una servilleta, las grietas de tus labios se distinguen sin querer y vuelves a toser tantas veces. Tu dedo me apunta en la intimidad y me miras ahí muy quieto, muy lento mientras buscas regresar a lo aquello, al espacio compartido y pobre y triste. Y yo lloro muy dentro pensando en vos mientras la víscera se mata y se baña de lágrimas.
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Son las 10 en punto. Te levantas con la certeza firme de que acontecerá una suerte. Entonces a mi lado te levantas y me acaricias con suavidad, tus manos me recorren y puedo sentirte entre sueños que me llamas y me dices levántate. Abro mis ojos y te veo, te veo con la claridad de mediodía, es tarde ya pienso, pero tu solo apareces frente a mí y ciegas cualquier visión solar. Mis pensamientos se desvanecen ante la idea alegre de que eres tu quien me despierta ahora y no soy yo quien amanece después de una visión terrible o de una pesadilla y desposeída.
Abro los ojos y me miras, me miras lentamente como una caricia, como un recorrer de dedos y manos sobre mi cuerpo. Tus ojos acarician mis ojos y mi cuerpo. Desabrochas mi boca y me conjugas de verbos. Y me besas, me besas como la noche me besa, como si la noche se bebiera a sorbos y fuera clara y lúcida como el mediodía.
Ah, pero sí. Vuelvo al Sur.
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Te prometo que ya no te amo, que todas las emociones que descargabas en mi pecho se han anulado lentamente, pero de manera tan efectiva. Te prometo que ya no siento tu beso, que mis manos no se aferran a ninguna carne como signo de mortuoria satisfacción. Qué es la concuspicencia de la carne ó la levedad de espíritu, carente de algo verdadero y palpable. No hay nada, no queda nada. Perdí alguna vez mi identidad creyendo, suplicando de rodillas cuando lo evidente se mostraba tan claro a la vez tan turbio.
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Soñé con Chejov, soñé con dos órbitas verdes e inmensas. Soñé con aquella sonrisa magnífica y perlada, los dientes, [[los dientes, la campanilla roja y vivaracha que se escondía en su boca, recelosa y victoriosa de maravillas fortuitas. ]]] La frente maxilar.
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Para el genio no existe ni reposo, ni vacilaciones. Mucho menos centrar atención en fruslerías cuando ya todo se ha dicho, cuando ya todo se ha resuelto.
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He perdido el gusto por escribír. Sí, la tinta ha dejado de marcar sobre el papel todas las ideas que acudían a mi mente. Ahora en cambio, me dedico a conversar conmigo misma. Estoy también perdiendo el gusto por la reflexión, me resulta demasiado dolorosa. En ocasiones recuerdo el amor hacia la figura central que se memora en éste día. Se olvida todo, se deja todo a instancias de un recuerdo que se aleja, para no sufrír mas. Es mas sencillo callar, silenciar incluso el pensamiento.
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Es cierto que ya no me mantienen despierta los temas pasados ni me emociona igual cuando suena la misma canción. Tampoco me abstraen los coloridos sobre las puertas o las campanas sonantes. No son mismas las ganas cuando me siento a observar a los que danzan, de imitarles, de compartir el abrazo mientras la música conduce. Y creo que he perdido el gusto natural por la otredad reemplazandolo tristemente por un respeto impuesto del que no me siento parte.
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Hoy es el día mas triste de mi vida,
la tarde más larga... La espera vacía. Hoy he muerto.
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Volví a soñar con vos, pero ésta vez acudía a ti. En mi sueño aparecías con el torso desnudo, únicamente cubierto en la pelvis con escasos mantos blancos, que te obsequiaban la apariencia mesiánica en el momento de la crucificción, donde el Cristo aparecía ante el mundo ahora salvo por su sacrificio. Tenías el cabello rubio desteñido por los años, largo hasta los hombros y los ojos azules límpidos sobre la barba que te habías dejado crecer. Creí desconocer alguna diferencia en vos, pero únicamente me resultaba atractiva aquella desviación de la naríz, que alguna vez llamaste deformidad, cuando le nombré como belleza.
Frente a mí parecías dichoso, tal vez fuera que no alcanzabas a distinguir mi presencia o que te engañabas creyéndome otra. Y yo, no hacía otra cosa que admirarte cuidadosamente tejido en las visiones de la noche, y acompañado por una suave melodía que hablaba de las bendiciones del oficio. "Den Himmel beßrer Zeiten mir erschlossen". Pude vernos, en aquel cuarto viejo donde el polvo se nos metia a los zapatos, y vos luchabas para sacar con cubetas el agua que se había colado por las ventanas con los vidrios rotos. Apoyada sobre el alféizar donde el celaje ofrecía como ilustración una dicha jamás equiparable me preguntaba sobre mi propia naturaleza, y si era posible conservarle sin terminar por efectuar la masacre colectiva.
Vivír a tu lado era una delicia, pero como vivír conmigo misma.
Me lo repetía continuamente, cuando vos incurrias en las conversaciones ajenas con chistes que recién habías creado, con esa habilidad sorprendente que tenías para inventar cualquier cosa. Tu cuerpo era tu instrumento, la mímica era una consecuencia de un pensamiento que se desbordaba en gestos y articulaciones. Y aunque reía por esa suspicacia de espíritu con la cual me sentía identificada, que era una de las tantas pruebas fehacientes - como la desviación de vuestra nariz, de que mi amor por vos era genuino, del mismo modo todo comprendía para mí un absurdo.
Por las noches, en la bohemia las mujeres te observaban embelecidas por lo que para mí era ordinario, aquello que para mí era obtuso. Eras entonces César Augusto quien se erigía entre todos. Luego acudías a mí anonadado por tanta aclamación, y regresábamos a la penumbra donde dormías en mi seno. Yo permanecía, como ahora, despierta en las noches pensando en el futuro incierto, o en la poca sensatez que poseíamos.
Entonces me levantaba y comenzaba mis ejercicios, dejando atrás cualquier prisión femenina y sentimental que pudiera encerrarme para no volver, en la mas triste visión del patetismo humano. Leía con admiración volúmenes inmensos para luego dedicarme a la continuación de la filosofía individual, que no era y es otra cosa, que la indagación de lagos inútiles como profundos. Credo quia absudum est, Amén.
Vos, dormías con el rostro de un niño que acaba de efectuar una travesura. A vuestro lado, un gorro pintoresco con la luna en meguante que a los lados de la coronilla daban el aspecto de cuernos. Un diablo, jamás. La oscuridad y el juego de las sombras sobre tu sien me recordaban al Pierrot de Petrouchka. Eras, sin el rostro pintado de blanco pero eras de una claridad casi cercana a la de Chejov con su palma traslúcida. ¿Eres una aparición? Te pregunté en silencio, mientras vos permanecías domido y te agitabas con esa sonrisa maltrecha pero hermosa.
Era yo la dennotación de la felicidad abyecta. Era yo el demonio, la bestia.
¿Cómo vivír conmigo misma, con la mirada cansada, con el espíritu taciturno?
Pero vos te agitabas con mayor fuerza, eran mas bruscos tus movimientos sobre la colcha y terminabas por levantarte exclamando que te era imposible conciliar el sueño. Despotricabas a tu alrededor, con el ceño fruncido, con los ojos enardecidos por el coraje de tus pesadillas. Alzabas los brazos en muestra de una indignación que parecía no terminar jamás y prendías las luces de la sala para entregarte a estudios pausados, siguiendo mi paso.
Entonces sonreía en nuestra pesadumbre para rodearte con los brazos y dormir en el suelo, como dos ángeles.
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Se ha ido aquietando el fondo contorsionado de nuestra imagen. Aquella foto desecha que ha alcanzado altos grados de deformidad ha detenido aquella marcha presurosa que alertagaba penosos tiempos y en oposición la vida transcurría a viva ejemplificación del génesis.
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"Y eran horribles en apariencia, pero también muy hermosos." Habla "André Bretón, sobre la mujer griega de ojos misteriosos donde cierne la ignominia, el azar de las cartas prohibidos, el nombre que no se debe pronunciar sin temer una desgracia.
Dice "Bretón también de la triple puteria. Todo es una sustición de algo.
Pero querido amigo, no decías que del espanto y la fealdad puede fabricarse también una belleza casi absoluta. Pero por imperfecta siempre bella o cautivadora. Donde emergen una gama extensa de emociones humanas y de nobleza superior.
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.. un despotismo habitual y certero como una daga en lo más profundo, como un arma que hiere con intenciones bien sabidas o planeadas tiempo atrás y de precisión exacta.
Es cuestión de asistír al espectáculo, sentarse en un rinconsito ni tan cercano ni tan lejano y admirar a todas las putas arrancarse el velo.
"André Bretón toma un cigarro y lo enciende con impaciencia. A su lado, sobre la mesa estan los despojos de lo que fueron antes la bebida, como cadáveres en evidencia de una puesta en escena a la que acude Baco.
Esas botellas que miras, no son otra cosa que sus cuerpos.
Tu cuerpo, hombre.
Me he agotado de mí misma,
se han clausurado las alegrías pasadas
Solamente ocupa en mí la vieja pero siempre nítida - como presente imagen de Rodin,
que me acompaña lamentándose.
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Y así fue como sin sorpresa,
con los múltiples avisos de la cotidianeidad cobró forma en mí Camille Claudel.
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Mis relaciones con las personas son irreconciliables. No les odio, pero tampoco me agradan demasiado. Pero si algo he de odiar, o se ha de acercar a ello, es el presunto odio hacia la gente. Me desagradan completamente aquellos que no tienen respeto por la humanidad.
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